Θάνατον: la muerte nos acecha

Eran las 11.15 de la mañana y eso, para Rodrigo, significaba dejarse invadir por las musas griegas y por las fábulas de un tal Esopo que, en esos tiempos, poco sabía de quién se trataba. 

El timbre empezó a sonar escandalosamente con un ritmo trepidante que sobrecogió a todos los asistentes. Nadie se había percatado de que era una exhortación a la muerte; por eso, los alumnos con un semblante tembloroso, incluso con miradas penetrantes y sórdidas, no comprendían qué pasaba en su apreciado instituto.

—¡Profesora! ¡Profesora!, ¿qué está pasando ahí fuera?—preguntó Rodrigo con gran clamor.

En ese momento, sin pestañear ni siquiera, se dispuso a escribir un entramado de símbolos y fonemas griegos con los ojos tornados en blanco. Rodrigo y Patricia se acercaron a Margarita, la profesora más simpática y alegre que habían conocido hasta ahora, porque no entendían qué es lo que estaba sucediendo con ella. Su aspecto era tan descuidado como de costumbre, aunque no perdía su típico peinado ondulado con moño choucroute con una cinta ancha de color negro que ya no auguraba nada bueno. 

—¡Margarita! ¡Margarita!, ¿te sucede algo?—preguntaron al unísono los dos amigos. 

Los miró de reojo y sin apartar su rostro de lo que estaba escribiendo en la pizarra, empezó a manifestar una pequeña mueca de sonrisilla siniestra, casi como si un ente superior hubiera sustituido el alma de la que había sido su profesora. 

Rodrigo y Patricia se fueron apartando poco a poco hacia atrás, sin dejar de mirarla con gran asombro y estupor. Los demás chicos temblaban solo con ver la cara tan nívea que tenía Margarita. 

Cada vez, comenzaba a escribir más y más letras, grafías muchas veces que parecían inconexas entre sí. Todos se quedaron pensativos e intentaban encontrar alguna lógica a lo que estaban presenciando. «¡No puede ser!, ¡no puede ser que nuestra profesora se haya convertido en algo tan extraño!» se oía de lejos en la clase. 

Mientras pensaban qué podrían hacer, una campanilla resonó en toda la clase con unas notas engarzadas unas con otras con una parafernalia exagerada y estridente. Casi se dejaba presenciar la figura de un hombre cortando leña con ese sonido resquebrajante que producía la sierra sobre la madera.

—¡Margarita!, ¡Margarita!, ¿qué sucede? Por favor, ¡dinos algo!—profirió Rodrigo con asombro y, quizá, con miedo debido a la expresión que tenía en la cara. 

De pronto se oyó un golpe en seco, demasiado fuerte, casi ensordecedor: «¡Chaaas!». La clase se paró un instante. Allí, no se podía ni respirar, nadie quería hacer ruido. No movían ni un músculo, porque algo raro estaba pasando. Una gota de sudor frío atravesaba el cuerpo de Rodrigo y Patricia como si de una flecha ardiente se tratara. Ellos estaban en primera fila y nadie podía imaginar el pánico que estaban sintiendo desde que entraron en clase. 

La profesora inició de forma repetitiva y vivaraz la escritura de la palabra «Θάνατον, Θάνατον, Θάνατον, Θάνατον, Θάνατον, Θάνατον». No paraba de escribir esa palabra maldita por toda la pizarra. Al mismo tiempo, ponía los ojos abiertos, temblorosos, hasta de aspecto cadavérico, moviéndolos una y otra vez, hacia arriba y hacia abajo, a la izquierda y a la derecha. Parecía como si algo impidiera que fijara su vista hacia lo que estaba escribiendo. 

Después de proferir Θάνατον, con una voz apagada, confusa y ciertamente perversa, se escuchaba a lo lejos un tropel acompasado, que marcaba el ritmo de un rito funesto que hizo que el día se volviera noche. De repente, todo se volvió oscuro, un negro azabache donde no se podía apreciar ni un milímetro de lo que allí estaba ocurriendo. 

—¡Profesora! ¡Profesora!, ¿se encuentra bien?, ¿dónde está?— preguntó una vocecilla del fondo de clase, asustada, con voz temblorosa.

—¡No entiendo lo que está ocurriendo, Margarita! ¡Profesora, dinos algo! ¡Nos tienes asustados! ¡No sabemos qué sucede!—proclamó con valentía Patricia. 

Al rato; la clase, que estaba oscura completamente, comenzó a iluminarse con una pequeña luz que provenía de un candil que se movía de un lado a otro sin cesar. Tras esto, irrumpió un fogonazo de luz blanca que cegó a todos los alumnos por un instante. 

—¿Qué pasa? ¿Veis algo, chicos?— preguntaba Rodrigo a sus compañeros. 

Cuando abrieron los ojos, se percataron de que toda la pizarra estaba completamente escrita en griego con la siguiente inscripción: «Γέρων ποτὲ ξύλα κόψας καὶ ταῦτα ϕέρων πολλὴν ὁδὸν ἐβάδιζε. Διὰ δὲ τὸν κόπον τῆς ὁδοῦ ἀποθέμενος τὸ ϕορτίον τὸν Θάνατον ἐπεκαλεῖτο. —Τοῦ δὲ Θανάτου ϕανέντος καὶ πυθομένου, δι’ ἣν αἰτίαν αὐτὸν παρακαλεῖται, ὁ γέρων ἔϕη· «ἵνα τὸ ϕορτίον αἴρῃς.»

«Ὁ λόγος δηλοῖ ὅτι πᾶς ἄνθρωπος ϕιλοζωος ἐν τῷ βίῳ, κἂν δυστυχῇ.»

¡Chicos! ¡Chicos! ¡Calmaos, por favor! ¡He aquí la traducción de la fábula «El viejo y la muerte»!—vociferó la profesora Margarita con unos ojos resplandecientes que se le salían de las órbitas. 

En ese instante se dispuso a copiar la versión en castellano de esta fábula: «En cierta ocasión un viejo cortando leña y cargando con ella recorría un largo camino. Pero poniendo la carga en tierra a causa del cansancio del camino, invocaba a la Muerte. Cuando la Muerte se le apareció y le preguntó por qué motivo la invocaba, el viejo respondió: “Para que me levantes la carga”». 

Con esta fábula se nos viene a decir que en la vida todo el mundo amamos la vida, a pesar de las circunstancias o de las desdichas que nos vengan. —aclaró Margarita como si fuera una sentencia trágica sin final. 

Así, es como nuestra profesora nos inculcó su amor por la literatura griega, la escenificación y teatralización. Ella nos animaba a seguir con el estudio, sin tener en cuenta todas las desdichas que nos encontráramos por el camino tortuoso del bachillerato. Tanto es así, que nos invadió con su espíritu de constancia, esfuerzo y valentía para afrontar todos los retos difíciles que se nos presentaran. 

Aún recuerdo todas sus clases, puesto que eran diferentes a las de los demás. Cada día nos hacía una interpretación para cada una de las fábulas que teníamos que estudiar. ¡Cómo se nos iban a olvidar!, nos metía de lleno en las historias para que las viviéramos desde dentro, es decir, desde su mínima hasta su máxima expresión. 

¡Qué miedo pasábamos en algunas ocasiones!, pero, qué placentero fue llegar a selectividad y, comprender y conocer de primera mano cada parábola, como si los dioses, escritores y filósofos nos la hubieran contado en directo.

#MiMejorMaestro

Autor: Rubén Pareja Pinilla

Enlaces a la traducción y la imagen de la portada:

Traducción de la fábula del griego al castellano propiedad de Ángel Martínez.

Imagen de portada: Image by Stefan Keller from Pixabay